Yo pensaba… Yo creía… Yo deseaba con todas mis fuerzas que el País de Nunca Jamás existiera de verdad y no sólo en un cuento.
Y fiel a mi deseo, me negué a crecer.
Durante años busqué una pista acerca de su ubicación real. Leí libros, consulté mapas y aguanté como un campeón, casi sin dormirme, la transmisión por TV de ciento cuatro documentales en la madrugada. Mi esfuerzo quedó en vano, y la ilusión del renacuajo que no quería ser rana se topó pronto con la razón de sus mayores. Nada pude hacer entonces por demostrarles que aquel país no era inventado. Sólo me quedó persistir en mi deseo, y así mi cruzada a favor de una vida alternativa para el menor no tardó demasiado en convertirse en el único y particular acto de fe del que aún hoy se alimentan mis textos.
Ahora soy el niño con aires de sabelotodo que cualquier día se da un golpe inolvidable saltando desde su nube.
Ése soy yo, señoría, lo admito, culpable del delito, demasiado infantil, han pasado los años y todavía vivo en mi puto mundo. El espejo del ascensor en el que subí a la oficina del quinto piso a vivir mi ultimo dia en la empresa, me devolvió la imagen de un niño que cumplirá sus treinta y un añitos. Una edad que por ahora no pesa en ninguna de las arrugas que el tiempo se ha empeñado en marcarle. Los pocos pliegues que adornan mi cara se adivinan como resultado de una sonrisa cada ocho minutos, tengo los ojos limpios, la mirada amable y una boca por la que a menudo se asoma el mismo verbo. Me veo como soy y, al mismo tiempo, como me quiero ver. En una mano llevo la varita mágica que irá modelando lo que aún queda por salir, con ella complazco a los que, siendo aptos para opinar de mi vida, se reservan el derecho a hacerlo y me dejan crecer a mis anchas. En la otra mano llevo el sable que visualizo como la mayor de mis preocupaciones cada vez que un no-apto me viene a iluminar con su grandilocuencia.
Es fácil conocerme, muy difícil enfadarme y casi imposible descubrir que, de la suma de todos mis rasgos, se puede leer una consigna, un lema. La madre de todos mis motivos y el factor común de cada una de mis acciones. Hasta hace poco era un secreto incluso para mí (que no para otros). Pero la verdad ha explotado en mis narices y hoy vengo a contarlo, a confesarlo, porque soy culpable de ceguera, no de ocultismo, y si no me cree, señoría, vea la rapidez con que lo suelto, vea la sinceridad que me gasto para anunciar a los cuatro vientos que yo pecaba y aún peco de pensar, de creer y, sobretodo, de desear con todas mis fuerzas que el País de Nunca Jamás existiera de verdad y no sólo en un cuento.
Vea como lo admito, señoría: vivo en mi puto mundo.
Este niño aún se encabrona cuando, a cinco minutos de apagar su ordenador, suena el teléfono y una queja que ya pensábamos improbable puede destruir la cena ideada.
- Me cago en…
Este niño mete enciende de nuevo su artilugio informático y resuelve o al menos tranquiliza a la persona del otro lado de la línea, y que, por la hora y modo de hablar, simula a un vigilante nocturno en la fábrica de un polígono industrial que, desconcertado por el desajuste que su horario de sueño provoca en sus horarios de comida, no tiene muchas más opciones que la de comer por tupper-ware y, el día que se olvida el tupper-ware en la mesa de la cocina, levanta el teléfono y ordena comida a domicilio, solo que en esta vez la llamada es para calmar otros instintos.
A deshoras, cuando media ciudad se está metiendo en la cama y este niño puede aprovechar para caminar cruzando por calles vacías y saltándose semáforos inútiles, la dirección que le reclama se levanta sobre el suelo en forma de gran edificio, una nave que, ya de lejos, tiene más pinta de piedra gris puesta en mitad de cualquier sitio que de otra cosa.
Por cómo suspira, una y otra vez, se averigua la poca gracia que le hace tener que echar horas extras involuntarias, cuando bien podría estar sirviendo su descanso a Morfeo. Se nota, se ve. El niño gruñe, tira el envoltorio de chicles donde le da la gana y así se rebela contra el mundo. Pero no tiene mal genio, señoría, no eche cuentas de su enfado. Hoy está cansado, le cuesta cargar con el alma, la semana ha sido ajetreada, una semana-terremoto, por eso parece que todo le molesta. En el fondo, es buen chico. Tome como muestra de ello esto que va a ocurrir, y fíjese en la soltura con que se deshace de su enojo, señoría, mire cómo lo hace, note que de repente su cara se ilumina. Y escuche lo que le salta de los labios cuando ve lo que tiene delante.
- Caray, una fábrica de juguetes.
El niño aún no ha crecido, tiene el arrebato fácil y su humor ahora se contenta con la más simple de las ofertas. La prisa que hace un momento vestía para acabar cuanto antes su turno, le empuja ahora a entrar en la fábrica y, dando un tirón a la puerta, se cuela en ella.
Dentro, todo está oscuro. Aún así, no se contiene de la emoción. Por fin va a desentrañar el interior de un sitio de estos y, como loco, recorre los pasillos, como un demente que de pronto confunde su causa. Enajenación mental, señoría, líbrelo de su culpa, que este niño no tiene maldad. Sólo busca al vigilante y, si acaso, mientras lo encuentra, devora con los ojos, afina la mirada y apunta hacia cualquier detalle, aunque no vea nada y el escrutinio de su entorno se asemeje más al ejercicio imaginativo de cualquier mocoso.
Busca un sitio algo más iluminado, quiere grabar en su retina el decorado de un mundo mágico, un arsenal de juegos y artilugios maravillosos, quiere encontrar regimientos de payasos con platillo y bombo, miles de robots ordenados en filas delante de un puñado de balones, entre la sección de muñecas y la de coches teledirigidos. No sabe si es mucho pedir conocer a alguno de los duendes que con sus propias manos ultima la creación de un yoyó, quiere ver disfraces, tableros de juegos, figuras de superhéroes articuladas. Quiere ver un tren recorriendo la sala de máquinas. Se imagina una gran habitación llena de peluches, al lado de las bicicletas, rodeado de monopatines y cochecitos de bebés.
El niño entra en la sala principal, y quiere oír música, quiere escuchar las frases de los muñecos parlantes, se imagina entre el climax de una película timburtiana, una escena multicoloreada. Es así como a cada paso asciende por una escalera de expectativas, y a cada segundo de incertidumbre, mientras busca un interruptor que alumbre el ambiente, alimenta su ilusión de ver lo que quiere ver, el deseo de descubrir el entorno de fábula en la fábrica de juguetes, la trastienda de las ilusiones.
Pero no oye nada y crece una duda, la que viene del silencio. Porque este niño no es tonto, y aunque es imposible ver con claridad el aspecto de lo que tiene delante, se teme lo peor, no puede esperar gran cosa de una fábrica sin ruido y como si tal pensamiento invocara de pronto al espíritu que lo desvela todo, de la nada.
- Chico, ¿que haces aquí?
Cuando el vigilante nocturno enciende la luz, este niño casi rompe a llorar.
- Ah, sí, buenas noches, creo que me he perdido.
Este niño disimula, recompone la postura y se acerca al vigilante.
- Pensé que por aquí podía cortar camino para llegar a la estación de tren.
- Suele pasar eso muy seguido, deberían poner una señal, lo he pedido pero sabes como son los encargados. Solo escuchan lo que les conviene.
A primera vista sólo ve una sala llena de trastos. Hasta ahora, no había notado la corriente de aire frío que recorre el lugar, hasta ahora los colores imaginados servían de hoguera y su esperanza había caldeado el ánimo. Ahora, cada caja, cada aparato, tiene el brillo industrial de cualquier taller de coches. El color dominante es el gris sucio. Los metales están engrasados, y donde bien podría respirarse un olor dulce de caramelo sólo se percibe un aroma a goma quemada con la que, el niño ya lo adivina, hacen la cara de los muñecos.
-¿Es aquí donde fabrican los juguetes? – pregunta al tipo.
- Sí, hijo, pero sólo de día.
De noche, piensa este niño, la fábrica de juguetes es sólo un cementerio de objetos. Pero el vigilante nocturno añade algo, un dato seguido de una pregunta en la que este niño deposita la esperanza de no ver arruinado del todo su sueño.
- En este momento, sólo hay una máquina en funcionamiento. Está en otra sala, ¿quieres verla?
Y el niño responde que sí, que por supuesto.
- Claro que quiero verla.
Tenga en cuenta, señoría, la importancia que cobra para el infante la noticia, cuando casi se había hundido en la fuerte decepción de ver caer su fe. Valore el gesto con el que camina hasta la otra sala, la cara que pone cuando descubre una máquina vibrando, tal y como vibran las lavadoras en pleno proceso de centrifugado. El traqueteo del motor es suave, permite que el vigilante y el niño hablen sin tener que levantar demasiado la voz.
- Esta máquina – explica el hombre – fabrica juguetes pequeños que luego serán robados por los niños.
- ¿Robados?
- Como lo oyes. Hace tiempo que un señor con muchos estudios y muchos diplomas descubrió la sana costumbre que tienen los niños de robar un juguete pequeño cuando sus padres se despistan. Lo cogen a escondidas y luego lo ocultan entre sus ropas. Según calculó aquel hombre, la pérdida ascendía a demasiados números, para lo cual, el tipo decidió fabricar, al coste mínimo, una serie de pequeños juguetecitos que por su colorido y tamaño atraerán la atención del niño.
Con esta técnica, se reducía el número de hurtos en juguetes de más valor. Y, por ese motivo, se inventó esta máquina, en todas las fábricas hay una – el hombre mete la mano en un cesto lleno de artilugios diminutos y saca un peluche naranja ―. Éste, por ejemplo, es el juguete más robado del mundo, el preferido de los niños ― luego mete la otra mano y saca un disco de plástico azul ―, en cambio, éste es el menos robado. Parece haber un patrón de conducta según el tipo de niño.
- Vaya, no tenía ni idea.
Este niño no sale de su asombro, piensa que el vigilante se ha inventado la historia, piensa que, como a un pequeño más, indefenso en un ambiente de credulidad máxima, le acaban de soltar la mentira más gorda de la historia. Pero al ver el peluche naranja, el juguete más robado del mundo, recuerda un momento de su infancia, pues aunque este niño es un niño, su infancia pasó hace tiempo, señoría, y si no me cree fíjese en la barba, este niño tiene treinta años
- ¿Sabe qué? Yo tengo un peluche naranja de esos.
- ¿Lo robaste?
- Creo que sí.
- Enhorabuena. Según dice otro estudio que se realizó sobre la personalidad de los niños que roban juguetes, eres un niño sano, crecerás sin problemas y te convertirás en un adulto con mentalidad racional. Si hubieras cogido este otro juguete, el disco azul, el menos robado del mundo, serías un Peter Pan, un niño que se niega a crecer. O al menos, eso dice el estudio – el hombre se acerca al oído del niño y susurra algo más ―, si te digo la verdad yo no me creo mucho estas cosas, es darle demasiadas vueltas a la tortilla.
Cuando vuelvo a casa, rebusco entre mis cosas. Primero en los cajones ordenados, luego, en el cajón desastre. En el fondo de este último, encuentro un peluche naranja. Está lleno de polvo, de un soplido intento barrer su superficie: una misión imposible. Ha pasado mucho tiempo y el muñeco es viejo. Aunque no creo en las teorías que te definen como una u otra cosa según robes uno u otro objeto, no puedo evitarlo, me rindo a la frustración de ver mi fe truncada, y la razón de mis mayores cobra valor al volver a mirarme al espejo y verme más crecido.
- Me cago en…
Este niño maldice, se caga en muchas cosas al día, pero visto lo visto, no necesita su perdón, señoría, el niño crece y va emitiendo su propio juicio, de modo que ya no requerimos de sus servicios, señor juez, váyase. Aquí el chico crece en su nube, en su puto mundo, en la caída se le romperán dos dientes contra el suelo un día de estos. Mientras eso ocurre, sigue cargando semanas-terremoto. Y confiesa lo que quiere, lo que le da la gana.
Apurando el tiempo que le queda a este post, asume que la identidad de Peter Pan ha quedado para otros, pero su voz no se agota y no se cansa de repetir que, aunque la naturaleza le imponga su curso y el desarrollo de su aptitud vital le transforme en un adulto como otro cualquiera, sigue necesitando un país imaginario, una territorio inventado para los niños que no crecerán. Hoy quiero imaginar una tierra de juegos ininterrumpidos, un sitio donde vive un niño como el que vi contigo ayer por la tarde, un niño que esta mañana ha vaciado la mochila buscando las llaves de su casa y ha dejado caer en el suelo un disco azul, el objeto menos robado del mundo, el juguete que le delata como el renacuajo que no quiere ser rana, y la rana que nunca será príncipe.
Más que nunca, yo pienso... yo creo.... yo deseo con todas las fuerzas del mundo que el País de Nunca Jamás exista de verdad y no sólo en un cuento. Porque ese niño de la mochila, el niño que hace años robó un disco azul, le llaman Kili.