martes, 25 de marzo de 2008

Gripe

Semana santa, semana de peregrinaciones, de viajes, de descanso. Eso ultimo era mi plan para esta fecha festiva. Descansar. Sin embargo, como en toda buena pelicula autobiografica (porque cada dia que pasa me doy cuenta que soy solo un buen recuerdo) al protagonista le roban la pelicula. ¿quien no recuerda el infortunio que sufrio Luke Skywalker cuando entro en escena Han Solo o cuendo, al salir del cine, todos los niños cantaban la cancion de Timon y Pumba sin recordar ninguna de las frases de Simba, o (aunque a algunos les pese) la presencia arrolladora de Sindney Poitier, que dejo en segundo plano a Walter Brennan en Good bye my lady? Asi, al que iba a ser el protagonista de mi fin de semana lo opaco una gripe que recordaba a Charlton Heston en Ben Hur -monumental-, por lo que quedarme recluido en casa se convirtio mi unica opcion. Pero, como dicen en mi pueblo, a mal tiempo buena cara por lo que aproveche para ver una pelicula esperaba ser vista: Zabriskie Point, de Antonioni. Esperaba mucho de ella (tan solo la mitad del deslumbramiento que Blow Up o Profession Reporter me provocaron hubiera sido suficiente) y no me decepcionó. Pero no quiero comentar la película sino una sola escena: Mark (el protagonista) está en medio del desierto volando una avioneta que acaba de robarse en plena huida de la policía de Los Angeles. Daria (la princesa de este fumadisimo cuento) conduce un coche viejo, una verdadera maravilla, por una carretera del mismo desierto californiano y se dirige a Phoenix o algo peor. Él la ve, o ve al coche más bien: no puede saber que conduce una mujer hermosísima, boca grande, ojos grandes; vista desde cielo no es sino un insecto que avanza lentamente en un desierto que ya perdió toda proporción. Entonces él decide divertirse un poco: desciende como si fuera a aterrizar en la carretera, amaga con embestir al coche por detrás y súbitamente asciende; repite la maniobra, pero ahora amenaza con embestirlo por delante, siempre elevándose en el último momento. Es como si las dos máquinas se cortejasen como dos animales un poco bestias o un poco torpes. Después de un rato más ella, menos austada que sorprendida, se orilla y sale del coche para ver las maniobras aéreas. Él le arroja una manta roja que primero vuela por el cielo y que después parece descender vertiginosamente. Unos kilómetros más adelante se encuentran en una especie de rancho abandonado. La avioneta tuvo que aterrizar por falta de combustible y ella lo lleva a la próxima gasolinera. Sigue un romance efímero y mágico en el desierto.
Este encuentro es uno de los más improbables y asombrosos que nunca vi. Si algo así puede ocurrir, aunque sea en el cine, creo que aun puedo tener alguna esperanza.

viernes, 21 de marzo de 2008

Gracias

He visto atardeceres de gigantes rojos que cubrian tres cuartas partes del cielo. He visto atardeceres sobre planetas cuya gigantezca gravedad y densa atmosfera hacian temblar la luz como si el sol estuviera a punto de romperse. Alguna vez vi ponerse tres soles sobre una ciudad de cristal. He esperado 50 años a que la luz de una supernova alcanzara un pequeño asteroide, solo para ver una unica y final puesta de sol. Tambien vi un atardecer de 12 horas, mientras la lenta rotacion de un planeta lograba ocultar al sol detras de ciclopeas montañas. Incluso he estado parado sobre una estrella de neutrones, viendo un nucleo galactico esconderse tras el horizonte 16,000 veces por segundo. He perdido amigos y enemigos, congelados por un repentino atardecer en mundos sin atmosfera. Yo mismo he visto atardeceres volverse grandes navajas de obscuridad que parten un mundo completo -terminators- venir hacia mi, y he sido engullido por la umbra mas absoluta. He visto soles fusionar sus reservas en un ultimo grito agonico para despues derrumbarse sobre si mismos. He visto soles ser devorados por hoyos negros no mas grandes que la cabeza de un alfiler. He visto tantas imagenes tan sorpendentes que alguna como la que vi hoy solo me produce aburrimiento y hastio. Gracias Asimov, Heinlein, Silverberg, Niven, Clarke, Anderson, Simak, Pohl. Gracias a todos ustedes por llenarme la cabeza de cosas que jamas mirare, pero que me permiten ver todo de otra manera.

jueves, 20 de marzo de 2008

Salvada

"Ahora recuerdo todo. Estaba en la cubierta, porque no queria ver una pelicula, cuando el yate exploto. ¿Conocias a alguien que se haya salvado gracias a Garganta Profunda?"
Dwan (Jessica Lange. King Kong, 1976)

miércoles, 19 de marzo de 2008

Billar


¿Sabrán las bolas de billar donde iran a terminar después de que las golpea la bola blanca? ¿Quienes seremos? ¿Las bolas lisas y rayadas o la bola blanca? A muchos les gustaría ser la bola blanca, la que impulsa, ocasiona, genera y decide el destino de las demás bolas. Les gustaría ser la persona que tiene en sus manos las decisiones correctas, que puede y sabe como lograr lo que quiere de los demás. Ser alguien que provoca las reacciones en lugar de ser el que reacciona ante el impulso de alguien mas. Pero en realidad, la mayoría de las veces las personas son solo un 3, un 11 o incluso, si tienen suerte, un 8, que a su manera es importante. Pero yo, aunque muchas veces soy la bola blanca, muchas otras veces siento que soy el taco, y no lo digo de una manera narcisista o ególatra, al contrario, el taco es importante, claro, pero ¿Lo saben acaso las bolas? Ellas solo ven venir a la bola blanca, y al final de cuentas, reaccionan solo ante ella, no ante el taco, el Deus Ex Machina tras bambalinas. He visto muchas veces como he hecho reaccionar a varias personas, sin que estas siquiera lo noten. Aunque prefiero eso a jugar carambola de nuevo. Tres en juego ya no es divertido.

martes, 18 de marzo de 2008

Batallas

Uno de los rituales que no fallan, son los primeros que haces en el día. Aquel que todas las mañanas te recuerda que eres tú; un café, una canción, lavarse los dientes, orinar, sentir el escalofrío al destaparse, dar un beso, estirarse mientras sueltas uno de los gritillos mas agudos que puedes hacer, sacar la primer (y peor) flatulencia del día, hacer el amor o simplemente tener sexo. Así, sin darme cuenta, mi mañana se llena de actos que poco a poco acaban haciéndome. Y mientras batallaba mi soledad con el café y el periódico (batalla emocionante dependiendo de lo que se les haya ocurrido hacer a los chinos para las olimpiadas o a los islandeses para el festival de la lluvia azul) se interpusieron unas intrusas que acabaron por humillar a mis personajes. Eran dos mujeres que llegaron al café y no toman en cuenta las batallas de los demás y mucho menos la mía. Se sentaron en la barra junto a mi, y comenzaron a hablar. Desafortunadamente, desde pequeño mi capacidad de atención ha sido un poco mas que nula, siempre recibía reprimendas de los mayores: profesores, familiares hasta de desconocidos “¿no estará tonto?” Continuamente escuchaba esa pregunta. Pero hoy al estar releyendo por tercera vez el párrafo que aparecía en la primera plana, escuche la historia de mi vida contada por ellas: “Sonríe, fija la mirada por unos segundos, escóndela, deja que se acerque, acéptale algo de tomar, dale tu teléfono, deja que se enamore un poquito, sal con él un mes y no lo vuelvas a ver. Si sales con él más de un mes quedas amonestada. Si te enamoras pagas las cervezas.”

Sin sentidos

Nunca pensé que pudiera sentir eso por alguien, tan terriblemente maravillado. Estaba tan loco por ella. No nos dejábamos respirar. Obsesionados. Entonces tratamos, de enamorarnos a través de las múltiples borracheras. Bebiendo nuestro amor. Conectarnos desconectándonos. Pero en la mañana, el “nosotros” no tenia sentido. Así que se fue. Nunca regresó. Yo me quede ahí. En más de una resaca, mi único deseo era su partida. Pensaba que era la única forma de librarme de ese sentimiento. La extraño. No puedo odiarla. Hace tiempo tuve un sueño que comenzó en otoño y terminó en verano. Un sueño con días de conflictos interminables y noches maravillosas. La mayoría de nuestras aventuras comenzaban en restaurantes, nos continuaba en algún bar lleno de extraños y terminaban con gritos y un portazo, sin embargo, sabia que el siguiente día nos volveríamos a ver. Pero una de esas veces no hubo un día siguiente. Ahora, después de años, la diferencia fue un beso acompañado por su -adiós mi niño- y mi -adiós pequeña-. Siempre me han fascinado los jugadores de cartas, su filosofía se basa en instinto y suerte. No se si yo pudiera hacer los mismos movimientos estando en su posición. En los últimos años la vida me ha enseñado a no confiar en las personas, afortunadamente aun no he aprendido. Sigo maravillándome de las veces en que dependemos de otras personas para conocernos y decirnos quien somos, cada reflexión me hace ser más yo. Me ha tomado mucho tiempo llegar aquí de nuevo. Después de todo, no es tan difícil cruzar de nuevo la calle. Todo depende de quien te este esperando del otro lado.

lunes, 3 de marzo de 2008

Asi.

Soy diestro. Nunca duermo siesta. Mi pelo grita por su ausencia. Llego tarde a casi todo. Bebo café con leche. Sin sol me muero. Aprendí a colorear con lápices Berol. Me gustó la primera vez. La gripe sabe dónde vivo. Extraño a mi familia. Tambien a ti y no te conozco. Bailo de lejos. Odio tender la ropa. Intento nunca planchar. Tiendo a exagerar. Me duele la mano derecha. Mis primeras palabras fueron “puta vida”. Las últimas serán “puta muerte”. No tengo pijama. Te veo todos los días. Quiero tener un perro. Tu no me has visto. Busco planeta con tres volcanes. A Dios le caigo bien. Le caigo mejor al Diablo. Debo facturas. Lloro con la opera. Recuerdo detalles. Prefiero viajar en tren. Nunca me llamas. Tenis. Azul. Mar. Besar a mediodía. Me gusta la sal. Me gusta el tequila. Llueve cuando lavo el coche. Duermo abrazado a la almohada, casi nunca de noche. Cambios. Desayuno sin prisa. Olor. Madera. Otoño. Miento, robo y mato. Camino lento. Siempre voy descalzo. Cine, cena, playa. Quiero aprender japonés. Soy como todos. Cruzo los brazos. Mientras trabajo, escribo. No puedo ver una rata. Escucho fuerte. Canto bajito. Verde. Tapete y zapatos. Leer. El big bang de mi bolsillo. Me ducho con agua hirviendo. Conduzco despacio. Abro a medianoche. Erre hache positivo. Talla eme. ¿Tienen camas más pequeñas? Te cu eme. Atropello como un ciclón. Si quieres me quedo un rato. Busco anticiclón. Sonrio en la calle. Seré el disfraz que elijas. Prefiero veranear en invierno. Tardo mucho en despertar. Más golpes da la vida. Caigo en la tentación. Soy diestro y soy esto. Y aún así pregunto.
- ¿Te quedas conmigo?

domingo, 2 de marzo de 2008

Y nunca jamas...

Yo pensaba… Yo creía… Yo deseaba con todas mis fuerzas que el País de Nunca Jamás existiera de verdad y no sólo en un cuento.
Y fiel a mi deseo, me negué a crecer.
Durante años busqué una pista acerca de su ubicación real. Leí libros, consulté mapas y aguanté como un campeón, casi sin dormirme, la transmisión por TV de ciento cuatro documentales en la madrugada. Mi esfuerzo quedó en vano, y la ilusión del renacuajo que no quería ser rana se topó pronto con la razón de sus mayores. Nada pude hacer entonces por demostrarles que aquel país no era inventado. Sólo me quedó persistir en mi deseo, y así mi cruzada a favor de una vida alternativa para el menor no tardó demasiado en convertirse en el único y particular acto de fe del que aún hoy se alimentan mis textos.
Ahora soy el niño con aires de sabelotodo que cualquier día se da un golpe inolvidable saltando desde su nube.
Ése soy yo, señoría, lo admito, culpable del delito, demasiado infantil, han pasado los años y todavía vivo en mi puto mundo. El espejo del ascensor en el que subí a la oficina del quinto piso a vivir mi ultimo dia en la empresa, me devolvió la imagen de un niño que cumplirá sus treinta y un añitos. Una edad que por ahora no pesa en ninguna de las arrugas que el tiempo se ha empeñado en marcarle. Los pocos pliegues que adornan mi cara se adivinan como resultado de una sonrisa cada ocho minutos, tengo los ojos limpios, la mirada amable y una boca por la que a menudo se asoma el mismo verbo. Me veo como soy y, al mismo tiempo, como me quiero ver. En una mano llevo la varita mágica que irá modelando lo que aún queda por salir, con ella complazco a los que, siendo aptos para opinar de mi vida, se reservan el derecho a hacerlo y me dejan crecer a mis anchas. En la otra mano llevo el sable que visualizo como la mayor de mis preocupaciones cada vez que un no-apto me viene a iluminar con su grandilocuencia.
Es fácil conocerme, muy difícil enfadarme y casi imposible descubrir que, de la suma de todos mis rasgos, se puede leer una consigna, un lema. La madre de todos mis motivos y el factor común de cada una de mis acciones. Hasta hace poco era un secreto incluso para mí (que no para otros). Pero la verdad ha explotado en mis narices y hoy vengo a contarlo, a confesarlo, porque soy culpable de ceguera, no de ocultismo, y si no me cree, señoría, vea la rapidez con que lo suelto, vea la sinceridad que me gasto para anunciar a los cuatro vientos que yo pecaba y aún peco de pensar, de creer y, sobretodo, de desear con todas mis fuerzas que el País de Nunca Jamás existiera de verdad y no sólo en un cuento.
Vea como lo admito, señoría: vivo en mi puto mundo.
Este niño aún se encabrona cuando, a cinco minutos de apagar su ordenador, suena el teléfono y una queja que ya pensábamos improbable puede destruir la cena ideada.
- Me cago en…
Este niño mete enciende de nuevo su artilugio informático y resuelve o al menos tranquiliza a la persona del otro lado de la línea, y que, por la hora y modo de hablar, simula a un vigilante nocturno en la fábrica de un polígono industrial que, desconcertado por el desajuste que su horario de sueño provoca en sus horarios de comida, no tiene muchas más opciones que la de comer por tupper-ware y, el día que se olvida el tupper-ware en la mesa de la cocina, levanta el teléfono y ordena comida a domicilio, solo que en esta vez la llamada es para calmar otros instintos.
A deshoras, cuando media ciudad se está metiendo en la cama y este niño puede aprovechar para caminar cruzando por calles vacías y saltándose semáforos inútiles, la dirección que le reclama se levanta sobre el suelo en forma de gran edificio, una nave que, ya de lejos, tiene más pinta de piedra gris puesta en mitad de cualquier sitio que de otra cosa.
Por cómo suspira, una y otra vez, se averigua la poca gracia que le hace tener que echar horas extras involuntarias, cuando bien podría estar sirviendo su descanso a Morfeo. Se nota, se ve. El niño gruñe, tira el envoltorio de chicles donde le da la gana y así se rebela contra el mundo. Pero no tiene mal genio, señoría, no eche cuentas de su enfado. Hoy está cansado, le cuesta cargar con el alma, la semana ha sido ajetreada, una semana-terremoto, por eso parece que todo le molesta. En el fondo, es buen chico. Tome como muestra de ello esto que va a ocurrir, y fíjese en la soltura con que se deshace de su enojo, señoría, mire cómo lo hace, note que de repente su cara se ilumina. Y escuche lo que le salta de los labios cuando ve lo que tiene delante.
- Caray, una fábrica de juguetes.
El niño aún no ha crecido, tiene el arrebato fácil y su humor ahora se contenta con la más simple de las ofertas. La prisa que hace un momento vestía para acabar cuanto antes su turno, le empuja ahora a entrar en la fábrica y, dando un tirón a la puerta, se cuela en ella.
Dentro, todo está oscuro. Aún así, no se contiene de la emoción. Por fin va a desentrañar el interior de un sitio de estos y, como loco, recorre los pasillos, como un demente que de pronto confunde su causa. Enajenación mental, señoría, líbrelo de su culpa, que este niño no tiene maldad. Sólo busca al vigilante y, si acaso, mientras lo encuentra, devora con los ojos, afina la mirada y apunta hacia cualquier detalle, aunque no vea nada y el escrutinio de su entorno se asemeje más al ejercicio imaginativo de cualquier mocoso.
Busca un sitio algo más iluminado, quiere grabar en su retina el decorado de un mundo mágico, un arsenal de juegos y artilugios maravillosos, quiere encontrar regimientos de payasos con platillo y bombo, miles de robots ordenados en filas delante de un puñado de balones, entre la sección de muñecas y la de coches teledirigidos. No sabe si es mucho pedir conocer a alguno de los duendes que con sus propias manos ultima la creación de un yoyó, quiere ver disfraces, tableros de juegos, figuras de superhéroes articuladas. Quiere ver un tren recorriendo la sala de máquinas. Se imagina una gran habitación llena de peluches, al lado de las bicicletas, rodeado de monopatines y cochecitos de bebés.
El niño entra en la sala principal, y quiere oír música, quiere escuchar las frases de los muñecos parlantes, se imagina entre el climax de una película timburtiana, una escena multicoloreada. Es así como a cada paso asciende por una escalera de expectativas, y a cada segundo de incertidumbre, mientras busca un interruptor que alumbre el ambiente, alimenta su ilusión de ver lo que quiere ver, el deseo de descubrir el entorno de fábula en la fábrica de juguetes, la trastienda de las ilusiones.
Pero no oye nada y crece una duda, la que viene del silencio. Porque este niño no es tonto, y aunque es imposible ver con claridad el aspecto de lo que tiene delante, se teme lo peor, no puede esperar gran cosa de una fábrica sin ruido y como si tal pensamiento invocara de pronto al espíritu que lo desvela todo, de la nada.
- Chico, ¿que haces aquí?
Cuando el vigilante nocturno enciende la luz, este niño casi rompe a llorar.
- Ah, sí, buenas noches, creo que me he perdido.
Este niño disimula, recompone la postura y se acerca al vigilante.
- Pensé que por aquí podía cortar camino para llegar a la estación de tren.
- Suele pasar eso muy seguido, deberían poner una señal, lo he pedido pero sabes como son los encargados. Solo escuchan lo que les conviene.
A primera vista sólo ve una sala llena de trastos. Hasta ahora, no había notado la corriente de aire frío que recorre el lugar, hasta ahora los colores imaginados servían de hoguera y su esperanza había caldeado el ánimo. Ahora, cada caja, cada aparato, tiene el brillo industrial de cualquier taller de coches. El color dominante es el gris sucio. Los metales están engrasados, y donde bien podría respirarse un olor dulce de caramelo sólo se percibe un aroma a goma quemada con la que, el niño ya lo adivina, hacen la cara de los muñecos.
-¿Es aquí donde fabrican los juguetes? – pregunta al tipo.
- Sí, hijo, pero sólo de día.
De noche, piensa este niño, la fábrica de juguetes es sólo un cementerio de objetos. Pero el vigilante nocturno añade algo, un dato seguido de una pregunta en la que este niño deposita la esperanza de no ver arruinado del todo su sueño.
- En este momento, sólo hay una máquina en funcionamiento. Está en otra sala, ¿quieres verla?
Y el niño responde que sí, que por supuesto.
- Claro que quiero verla.
Tenga en cuenta, señoría, la importancia que cobra para el infante la noticia, cuando casi se había hundido en la fuerte decepción de ver caer su fe. Valore el gesto con el que camina hasta la otra sala, la cara que pone cuando descubre una máquina vibrando, tal y como vibran las lavadoras en pleno proceso de centrifugado. El traqueteo del motor es suave, permite que el vigilante y el niño hablen sin tener que levantar demasiado la voz.
- Esta máquina – explica el hombre – fabrica juguetes pequeños que luego serán robados por los niños.
- ¿Robados?
- Como lo oyes. Hace tiempo que un señor con muchos estudios y muchos diplomas descubrió la sana costumbre que tienen los niños de robar un juguete pequeño cuando sus padres se despistan. Lo cogen a escondidas y luego lo ocultan entre sus ropas. Según calculó aquel hombre, la pérdida ascendía a demasiados números, para lo cual, el tipo decidió fabricar, al coste mínimo, una serie de pequeños juguetecitos que por su colorido y tamaño atraerán la atención del niño.
Con esta técnica, se reducía el número de hurtos en juguetes de más valor. Y, por ese motivo, se inventó esta máquina, en todas las fábricas hay una – el hombre mete la mano en un cesto lleno de artilugios diminutos y saca un peluche naranja ―. Éste, por ejemplo, es el juguete más robado del mundo, el preferido de los niños ― luego mete la otra mano y saca un disco de plástico azul ―, en cambio, éste es el menos robado. Parece haber un patrón de conducta según el tipo de niño.
- Vaya, no tenía ni idea.
Este niño no sale de su asombro, piensa que el vigilante se ha inventado la historia, piensa que, como a un pequeño más, indefenso en un ambiente de credulidad máxima, le acaban de soltar la mentira más gorda de la historia. Pero al ver el peluche naranja, el juguete más robado del mundo, recuerda un momento de su infancia, pues aunque este niño es un niño, su infancia pasó hace tiempo, señoría, y si no me cree fíjese en la barba, este niño tiene treinta años

- ¿Sabe qué? Yo tengo un peluche naranja de esos.
- ¿Lo robaste?
- Creo que sí.
- Enhorabuena. Según dice otro estudio que se realizó sobre la personalidad de los niños que roban juguetes, eres un niño sano, crecerás sin problemas y te convertirás en un adulto con mentalidad racional. Si hubieras cogido este otro juguete, el disco azul, el menos robado del mundo, serías un Peter Pan, un niño que se niega a crecer. O al menos, eso dice el estudio – el hombre se acerca al oído del niño y susurra algo más ―, si te digo la verdad yo no me creo mucho estas cosas, es darle demasiadas vueltas a la tortilla.
Cuando vuelvo a casa, rebusco entre mis cosas. Primero en los cajones ordenados, luego, en el cajón desastre. En el fondo de este último, encuentro un peluche naranja. Está lleno de polvo, de un soplido intento barrer su superficie: una misión imposible. Ha pasado mucho tiempo y el muñeco es viejo. Aunque no creo en las teorías que te definen como una u otra cosa según robes uno u otro objeto, no puedo evitarlo, me rindo a la frustración de ver mi fe truncada, y la razón de mis mayores cobra valor al volver a mirarme al espejo y verme más crecido.
- Me cago en…
Este niño maldice, se caga en muchas cosas al día, pero visto lo visto, no necesita su perdón, señoría, el niño crece y va emitiendo su propio juicio, de modo que ya no requerimos de sus servicios, señor juez, váyase. Aquí el chico crece en su nube, en su puto mundo, en la caída se le romperán dos dientes contra el suelo un día de estos. Mientras eso ocurre, sigue cargando semanas-terremoto. Y confiesa lo que quiere, lo que le da la gana.
Apurando el tiempo que le queda a este post, asume que la identidad de Peter Pan ha quedado para otros, pero su voz no se agota y no se cansa de repetir que, aunque la naturaleza le imponga su curso y el desarrollo de su aptitud vital le transforme en un adulto como otro cualquiera, sigue necesitando un país imaginario, una territorio inventado para los niños que no crecerán. Hoy quiero imaginar una tierra de juegos ininterrumpidos, un sitio donde vive un niño como el que vi contigo ayer por la tarde, un niño que esta mañana ha vaciado la mochila buscando las llaves de su casa y ha dejado caer en el suelo un disco azul, el objeto menos robado del mundo, el juguete que le delata como el renacuajo que no quiere ser rana, y la rana que nunca será príncipe.
Más que nunca, yo pienso... yo creo.... yo deseo con todas las fuerzas del mundo que el País de Nunca Jamás exista de verdad y no sólo en un cuento. Porque ese niño de la mochila, el niño que hace años robó un disco azul, le llaman Kili.