Semana santa, semana de peregrinaciones, de viajes, de descanso. Eso ultimo era mi plan para esta fecha festiva. Descansar. Sin embargo, como en toda buena pelicula autobiografica (porque cada dia que pasa me doy cuenta que soy solo un buen recuerdo) al protagonista le roban la pelicula. ¿quien no recuerda el infortunio que sufrio Luke Skywalker cuando entro en escena Han Solo o cuendo, al salir del cine, todos los niños cantaban la cancion de Timon y Pumba sin recordar ninguna de las frases de Simba, o (aunque a algunos les pese) la presencia arrolladora de Sindney Poitier, que dejo en segundo plano a Walter Brennan en Good bye my lady? Asi, al que iba a ser el protagonista de mi fin de semana lo opaco una gripe que recordaba a Charlton Heston en Ben Hur -monumental-, por lo que quedarme recluido en casa se convirtio mi unica opcion. Pero, como dicen en mi pueblo, a mal tiempo buena cara por lo que aproveche para ver una pelicula esperaba ser vista: Zabriskie Point, de Antonioni. Esperaba mucho de ella (tan solo la mitad del deslumbramiento que Blow Up o Profession Reporter me provocaron hubiera sido suficiente) y no me decepcionó. Pero no quiero comentar la película sino una sola escena: Mark (el protagonista) está en medio del desierto volando una avioneta que acaba de robarse en plena huida de la policía de Los Angeles. Daria (la princesa de este fumadisimo cuento) conduce un coche viejo, una verdadera maravilla, por una carretera del mismo desierto californiano y se dirige a Phoenix o algo peor. Él la ve, o ve al coche más bien: no puede saber que conduce una mujer hermosísima, boca grande, ojos grandes; vista desde cielo no es sino un insecto que avanza lentamente en un desierto que ya perdió toda proporción. Entonces él decide divertirse un poco: desciende como si fuera a aterrizar en la carretera, amaga con embestir al coche por detrás y súbitamente asciende; repite la maniobra, pero ahora amenaza con embestirlo por delante, siempre elevándose en el último momento. Es como si las dos máquinas se cortejasen como dos animales un poco bestias o un poco torpes. Después de un rato más ella, menos austada que sorprendida, se orilla y sale del coche para ver las maniobras aéreas. Él le arroja una manta roja que primero vuela por el cielo y que después parece descender vertiginosamente. Unos kilómetros más adelante se encuentran en una especie de rancho abandonado. La avioneta tuvo que aterrizar por falta de combustible y ella lo lleva a la próxima gasolinera. Sigue un romance efímero y mágico en el desierto.
Este encuentro es uno de los más improbables y asombrosos que nunca vi. Si algo así puede ocurrir, aunque sea en el cine, creo que aun puedo tener alguna esperanza.
1 comentario:
me inspiras para seguir viendo ese cine que me quita el sueño
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