martes, 13 de mayo de 2008

Aderezo

Hace tiempo me dijeron que mi tío -El Tío- no le gustaba la crema (o nata, según el país en donde se encuentre el lector de este blog). La odia y no hay manera de hacerle comer nada que tenga ese aderezo. Muerde un sándwich y se retuerce de asco. Se retuerce, después escupe y supongo que después -en su mente- mentaba la madre. ¡Un sándwich! El plato más neutral que conozco. Me da gusto saber que hay gente con ese tipo de principios. Yo nunca he logrado odiar algo con tal intensidad. Mi tío ha sido una parte muy importante de lo que ahora soy y por eso me dio un gusto enorme escucharlo hace diez días, cuando le llame para su cumpleaños. Sinceramente la celebración de esos días “especiales” nunca me ha importado mucho, cumpleaños, navidad, aniversario, día de los enamorados, día de la tierra, día de la mujer, día del trabajo, día de los muertos, día de la independencia, día de la madre, día de los santos inocentes, día del profesor, día del internet y así hasta llenar el calendario. Si todos los días se celebra algo, entonces todos los días son iguales, entonces ninguno es especial. Tiene una lógica, ¿no? Sin embargo los días toman el adjetivo de “especial” cuando pasa algo imprevisto. Ganarse la lotería, salvar la vida o, como fue en mi caso, recibir una felicitación atrasada. Y al leerla, aquella pequeña parte de mi mente que guarda los cerebros, abrió la puerta y me mostró al película: comenzó con una música de fondo, creí reconocer a Louis Armstrong. La imagen comenzó a aparecer y todo fluyo: se fue hace unos meses. Fue muy corto el tiempo en el que pudimos conversar. La conocí tarde. Yo no estaba consciente y ella no esperó. Para cuando regrese a este mundo era —otra vez— tarde; ya no estaba. Por fin se había ido. No va a saber nunca lo que quise decirle. Porque hay cosas que solo se pueden decir acompañada con la mirada. No sabre su respuesta. No nos dejamos derecho de réplica. Eso me enojó durante algún tiempo. Quizá fue esa la razón por la que cada vez me costó más trabajo recordar su rostro. O tal vez fue sólo que no conservé ninguna foto suya. Hace tiempo descubrí un gran parecido con alguien desconocido. De pronto la vi: un cierto ángulo, la luz tenue sobre el rostro... y tuve un recuerdo en el que reconocí su perfil, sus cejas, su nariz y sus labios discretos, tímidos. Por momentos me pareció que hasta en su mirada había resquicios de mi recuerdo bloqueado. Le basta ser intensa para que yo pueda imaginarla nostálgica, ardorosa, con esporádicos brillos de rabia y la serenidad pesada de quien, a pesar de sus melancólicas cavilaciones y de no alcanzar a entender, tenía una certeza. Ahora sé que era la de su ida. El impacto de esta memoria ha sido fuerte. Me ronda en las noches como nunca antes. También en el día... me secuestra los pensamientos. Y cuando me doy cuenta, me descubro con la mirada perdida, ensartada en una visión que nunca antes había pasado por mi mente... imagino el momento en el que piso por ultima vez Barcelona, su cara triste, su mirada viendo más allá con la paz del que de súbito lo entiende todo, sus manos nerviosas y sus ojos que al cerrarse dejaron caer una lagrima. Solo la vi una vez, y aun así, todo comenzó a cuadrar.

lunes, 5 de mayo de 2008

Un día cualquiera

Ella llega al bar en el que siempre quedaban de verse. La misma mesa, los mismos cuadros, a través de la ventana se alcanzaba a distinguir la misma calle, incluso -si te fijabas bien- se podían ver a las mismas personas entrando y saliendo de la puerta.
-¿Lo de siempre? - le pregunto el camarero.
-Si, si. Por favor.
Ella sabe que está llegando un poco tarde, pero nunca le ha gustado ser de aquellos que esperan, esos seres que deben estar sentados solos, viendo a ambos lados de la calle y mirando angustiosamente el reloj. No. Ella siempre ha preferido ser de las personas a las que tienes que esperar, desear, mirar como -con indiferencia- se acerca igual que una estrella de cine en el estreno de su ultima película. Se queda parada unos momentos en la entrada, hasta que lo ve. Entonces sonríe, y camina esquivando, con la elegancia que solo ella puede tener, las demás mesas del lugar, y sabe que de ellas recibe miradas de deseo y odio; eso le fascina.
Es hermosa, piensa él mientras mete la mano en la bolsa de su abrigo para comprobar que lleva la caja con el anillo de compromiso y recuerda cuando se conocieron hace exactamente tres años.
“Hoy también te pusiste un vestido rojo”, dice él mientras se levanta de su silla. A ella siempre le han gustado este tipo de atenciones.
“Y hoy también esta lloviendo”, contesta. La ironía hace que la sonrisa de ella se acentúe.
Se acercan para darse un beso, pero en el último instante ella inclina ligeramente la cabeza para evitar sus labios. A pesar del saludo, la sonrisa de ella es suficiente para calmarlo. Obviamente no tiene idea lo que ella ha estado pensando de su relación, ni que él llorará toda la noche en la soledad de su sala, con la televisión encendida como un tranquilizante que jamás funcionará.
Sin quitarse los lentes oscuros y sin dejar de sonreír, ella le dice: “Cariño, tenemos que hablar…”