lunes, 5 de mayo de 2008

Un día cualquiera

Ella llega al bar en el que siempre quedaban de verse. La misma mesa, los mismos cuadros, a través de la ventana se alcanzaba a distinguir la misma calle, incluso -si te fijabas bien- se podían ver a las mismas personas entrando y saliendo de la puerta.
-¿Lo de siempre? - le pregunto el camarero.
-Si, si. Por favor.
Ella sabe que está llegando un poco tarde, pero nunca le ha gustado ser de aquellos que esperan, esos seres que deben estar sentados solos, viendo a ambos lados de la calle y mirando angustiosamente el reloj. No. Ella siempre ha preferido ser de las personas a las que tienes que esperar, desear, mirar como -con indiferencia- se acerca igual que una estrella de cine en el estreno de su ultima película. Se queda parada unos momentos en la entrada, hasta que lo ve. Entonces sonríe, y camina esquivando, con la elegancia que solo ella puede tener, las demás mesas del lugar, y sabe que de ellas recibe miradas de deseo y odio; eso le fascina.
Es hermosa, piensa él mientras mete la mano en la bolsa de su abrigo para comprobar que lleva la caja con el anillo de compromiso y recuerda cuando se conocieron hace exactamente tres años.
“Hoy también te pusiste un vestido rojo”, dice él mientras se levanta de su silla. A ella siempre le han gustado este tipo de atenciones.
“Y hoy también esta lloviendo”, contesta. La ironía hace que la sonrisa de ella se acentúe.
Se acercan para darse un beso, pero en el último instante ella inclina ligeramente la cabeza para evitar sus labios. A pesar del saludo, la sonrisa de ella es suficiente para calmarlo. Obviamente no tiene idea lo que ella ha estado pensando de su relación, ni que él llorará toda la noche en la soledad de su sala, con la televisión encendida como un tranquilizante que jamás funcionará.
Sin quitarse los lentes oscuros y sin dejar de sonreír, ella le dice: “Cariño, tenemos que hablar…”

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