domingo, 31 de agosto de 2008

Bravo

Sucedió en el vuelo 978 de Swiss Air, partiendo de Barcelona hacia Zurich, destino final: Berlin. El clima ya había sido pronosticado como cielos medio nublados con alta probabilidad de lluvia y una humedad del ochenta por ciento. Rodeado de viejitos temerosos, pero aferrados a no perder su boarding pass, comía un helado (no sabia que daban helados en los vuelos, yo estaba acostumbrado a cacahuates y una que otra galleta) y miraba por la ventanilla, tratando de mirar tras las nubes. Los aviones son el medio de transporte más seguro en el planeta. Para acabar con mi optimismo, unos dias antes decidí leer Falling Man de Don DeLillo, novela inverosímil de dos aviones que chocan contra dos torres idénticas en algún país lejano. La reflexión newtoniana de los suicidas que saltan de los hipotéticos edificios en llamas me pareció muy anticuada y, al mismo tiempo, verdadera. Los dedos de la vecina de asiento sujetaban con rabia el descansabrazos. El piloto voceó el aviso del descenso turbulento en un alemán ininteligible. Podía escuchar el crujir de dientes de la pobre señora. El avión golpeó la pista como si se tratara de una pelota de playa en la arena. Rebotó y volvió a caer, chillaron los frenos que buscaban sujetarse al suelo mojado. El piloto viró hacia un lado y luego al otro, intentando prolongar una pista que se corta antes de tiempo. La inercia nos mantenía en plácida prensa contra el respaldo hasta el momento en que fuimos liberados, y el silencio de las llantas nos sacudió y dejamos de movernos. Las personas comenzaron a aplaudir. ¿Qué aplaudían? El hecho de estar vivos, quizá. La habilidad del piloto, tal vez. ¿O era una expresión de sarcasmo, ahora mismo, ante la cercana muerte que habíamos esquivado en zig-zag? No lo sé. Lo pensé en silencio mientras oía sus palmas y decidí que aquello lo merecía. Me levanté del asiento. La ovación tenía que ser de pie.

Como sobreviví a la ciudad de México todos esos años.

“...all those moments will be lost in time, like tears... in rain.
Time to die…”
BLADE RUNNER


Un plato de Guayabas, rebanadas de pan Bimbo, mermelada de apio, una milanesa, papas fritas, una ventana con vista a la ciudad, un cuadro de Picasso colgado enfrente de la mesa y un mantel. Nunca importo el material, siempre había un mantel. Comía la carne, daba bocados finos que degustaban los matices que entraban en mi boca. Tomaba una rebanada de pan, la embadurnaba con mermelada y veía los edificios y las antenas, mientras daba sorbos a una taza de café. Cuando fumaba, encendía un cigarrillo al momento que los detalles del cuadro de Pablo (recuerdo que era Guernica) saltaban a los ojos. Con el estómago repleto, reflexionaba en las historias que, como aun lo hacen, flotaban en mi cabeza. Las retenía, intentaba no las dejarlas escapar. Las imágenes son entes volubles que huyen a la menor provocación del aire. Salía y daba un paseo de 3 horas por las calles del centro de México. Nunca cerré mis oídos al barullo de la gente, siempre pensé que podría utilizar sus palabras en el momento final. Sentía las pulsaciones de cada rincón de las banquetas, envolvía mis dedos de los pies en el canto de los grillos. La basura y la mierda no son necesariamente algo malo. Regresaba a casa; me fumaba otro tabaco, me sentaba y me ponía cómodo. Traía todo lo que había observado directo a mis manos: El microbúsero folclórico, las Marías con peinados punks, los cuerpos endebles de los indigentes que lucran con el antiguo melodrama, los niños flacos con su mona, las señoras de compras en el Palacio, las cortinas metálicas de los negocios quebrados, los charcos con gotas de gasolina, la llovizna y los adoquines húmedos de los templos, el recuerdo del amor perdido que vaga en las sombras de Bellas Artes y se fuga después al mural de la Alameda, las viandas que inflamaron su vientre. Los revolvía, apretaba el estomago e intentaba vomitar. Cuando lo lograba, tomaba el mantel de la cocina y me limpiaba con él. Abría algún cuaderno, escribía vomitándolo todo por segunda ocasión. No desperdiciaba ni una gota. Vomitaba. Vomitaba. Pasaba un trapo de tijeras encima del reguero, corregía las imperfecciones. Utilizaba mis habilidades retóricas para fabricar un diamante con la peste. Generalmente sostenía un cuento; sin embargo, para completar el acto de creación, tomaba nuevamente el mantel, le sacaba la lengua a la ciudad y acto seguido, me dirigía a la azotea y saltaba. Despreocupado. Todas las cosas que hice en la vida, eran de utilidad. El tiempo para llegar al suelo era aprovechado -como decía un piloto llamado Cortázar- verticalmente. Si algún aficionado a los video-home, lo grababa, el mundo era testigo de mi astucia para morir en el cuento. Me moría, igual que los mejores homicidas de lectores, de un sólo, de un único golpe, que en realidad fue preparado con cientos de pequeños golpes, invisibles a las pupilas. En momentos giraba, daba volteretas internas-externas, la acción es imprescindible. Una vez me intente aferrar de una cornisa, pero perdí tres dedos, el suspenso hacia que no se viera un suicidio lleno de lugares comunes. El lenguaje se elevaba a los sembradíos del Popocatepetl, los adjetivos alcanzaban puntos Imeca, cuando pronunciaba frases contundentes. Si lograba la claridad del petróleo y el tono del canto de los Huaraches, tenia un grupo numeroso de agradecidos fanáticos. Pero siempre, lo mas importante era el ambiente; no es lo mismo planear en atardeceres bicolores, que en tormentas de granizo, lluvias de truchas, arcoiris o bombas libres de pecado. Siempre escogía un clima interesante para aplastar mi cabeza. El clima que empape la sangre y las letras, debía ser inmejorable. Seguía esos pasos cada que me era posible. Los suicidas se empeñan en volar cada minuto de su vida.

martes, 19 de agosto de 2008

Instantes

A veces sucede que todo aquello que importaba deja de importar. Se desvanece de golpe el gran amor, la gran pasión, el trabajo arduo y nos encontramos sorprendidos, nos hallamos de pie o sentados o dentro de la cama o en medio de una oficina que antes familiar, ahora es desconocida, de una mujer que antes amada, ahora indiferente, de una pared antes memorizada, ahora poco interesante. Y el extrañamiento llega de golpe. Nos expulsa a otros lugares donde tenemos que encontrarnos. A veces nos volvemos de otro mundo en un abrir y cerrar de ojos.
Pero, afortunadamente, existe su opuesto. A veces cierro los ojos y al instante todo se despeja. Es tan solo un breve momento donde las cosas se ordenan en el silencio y siento que pierdo la proporción con lo que me rodea; y solo vale esa sensación primordial del pensamiento. Y el pensamiento, la idea, punza como un puñal nuevo, pero también se extiende, como el velo que cubre el rostro de una bailarina. Así, a veces pienso con los ojos cerrados y la razón incendia desde su origen de llama para ver en sí, el verdadero valor de las cosas. La medida exacta de un sentimiento, de una ilusión, de una caricia, la importancia de la distancia y del tiempo queda al fondo, con lo inanimado. No hay rumor. No hay ruido. Es un breve instante donde todo cambia de la oscuridad y silencio a la luz; deslumbra. Es un breve instante donde, aunque soy, no estas. Pero, aunque imagino, solo puedo caminar por las calles con un viento sin compasión, comprar un café y reconocer que ni la bebida tiene el mismo sabor, buscar un lugar en donde estar para leer o reposar los pensamientos y reconocer con enorme tristeza que no hay rincón tranquilo en esta cuidad. Subirte a la bicicleta para ir a tu trabajo, para llegar a una oficina de historias grises y gente más gris, aferrarte cada vez más a ella, creer en un ser que es devorado por la distancia y por sus calles mojadas. Ella dice que le reina la confusión y que quiere certezas. La vida es tener ganas de leerle un texto, llamarle casi con los párpados cerrados por el sueño y saber que esta ahí pero no te contestará, eso es la vida, la no-certeza, una lluvia, ruidos, asfaltos mojados, sabores que se recuerdan, abandonos, soledades que se contentan a sí mismas, amores sin certezas, lecturas a la nada.
Desde hace tiempo, siempre que escribo, existe el fantasma de ella. Llevaba meses teniendo el inconveniente de no existir más que como un fantasma que solo yo veía, pero en ese entonces eso no importaba, porque estaba invocándola, dándole forma, afinando mis sentidos para comunicarme. A ella empecé a escribirle. Por ella comenzó esta furia. Hablaba continuamente de ella —de manera velada, en clave a veces— y, cuando aparecía alguien que pudiera parecérsele, me conmocionaba. Pero pronto se desvanecía la ilusión: no era.
Una vez la vi en este mundo de mortales. O eso me pareció. Pasó como una tormenta tan veloz que no pude cerciorarme. Se deshizo en el aire: es posible que ni siquiera exista.
Un día voy a hallarla y será como un milagro: la veo abstraída, leyendo algo que escribí —para ella.

viernes, 15 de agosto de 2008

Murmullos

Recorriendo las calles de Barcelona me di a la tarea de recopilar algunas de las frases más alagadoras jamás pronunciadas alrededor de mi. Como veran, y aunque haya caído en desgracia en la opinión mía, que es la única que cuenta, en realidad, sigo siendo el más grande, el más imbécil, el más audaz y el más singular ser QUE JAMÁS HAYA EXISTIDO

Aquí estan:

“¡Hostia, eres más malo de lo que me pensaba!” — MG, escritora

“Me gustan sus ojos; lo demás no vale nada.”— Una adolescente macarra en un chiringuito playero

“Pero tú no eres así; y C tampoco.”— MM, mujer extraordinaria

"Un hombre guapísimo y extraordinario" — Presentadora de TV (y no estoy seguro de que estuviese hablando de mí, solo la escuche al tomar un cafe)

"Otra cosa: me estoy leyendo tus historiasy son divertidisimas. ¿Realmente te han pasado a ti? Si es así, quiero estar en la proxima" — la Sueca, Diseñadora Grafica y camarera de vocacion (Y no pienso prestarle dinero de nuevo)

“En efecto, es usted todo un héroe.” — Portera de mi palacete. Cuando, tras amanecer con una terrible resaca e ir por una coca-cola, me di cuenta que habia olvidado las llaves de mi casa.

“¡Será mamón este tío!” — Vigilante de un parque.

“Finísima persona, lástima que tenga ese carácter.” — MB, arquitecta exiliada en su propio mundo.

“¡Apártate, imbécil!” — Conductor anónimo

"A ver si te quedas quieto de una vez" RN, pseudopintor de obras inacabadas (me debe dos libros)

martes, 12 de agosto de 2008

Salud

Este barco vuelve a navegar por ríos conocidos. Han pasado apenas unas horas desde que un teléfono depositó en las manos de Ella un cuerpo maltrecho y una mente cansada. No es lo mismo vivir en un lugar distinto sólo por placer. No es lo mismo viajar sólo por trabajo. Trato de absorber los pocos tiempos que me deja lo segundo para deleitarme con lo primero. Ansia de ver. Ansia de oler. Pero al final, la falta de minutos de respiro se deja notar. México ha pasado como una exhalación. Pero el cuerpo ha respondido de manera cansina. La mente estaba en otra cosa. En Ella. Tiempos difíciles en los que solamente quieres estar con los que quieres. Pero estás lejos, a miles de kilómetros. Y aún así, has encontrado huecos para mojarte en el Zócalo, para empaparte de sonidos rancheros, para mancharte las manos con tacos y quesadillas, para escuchar el caos, para sentir el pulso, para disfrutar los colores. Porque México es color.
Y el cuerpo se revelaba. Irascible. De mal humor. De malos humos. Y el México que yo creía se me ha escapado como una exhalación. Aunque sé que me espera. Para otra visita. Para otro abrazo. Llegas y te abrazas a Ella. Y le susurras que todo va a salir bien. Porque es lo único que quieres. Porque tienes la certeza de que va a salir bien. Y poco a poco te vas haciendo a la nueva realidad, que era la tuya, pero habías dejado estancada. Y sabes que hay gente que ya no está.
Odiado y amado. Yo ya no estoy. Me he ido con mis guitarras a otra parte, donde seguro seguire armando bulla, seguire siendo odiado y amado. Berlin queda cojo. Londres queda cojo. Barcelona queda coja.
No puedo decir que me conocían. Pero siempre me saludaban Me llamaban por mi diminutivo. Ella me decia simplemente "G". Pero volver a El Eixample y no encontrarle va a ser raro. Va a
ser triste. Le mezclo con mis cosas. Con mis viajes. Con Ella. Pero así quiero que sea. Porque soy consciente que al final también formaba parte de lo mío, de mi música, de una parte de lo vivido.
Odiada y amada. Discutida. Pero recordada. Y fue casi al final, pero dio tiempo a saborear un tequila en tu honor.