lunes, 17 de noviembre de 2008

Princess

Ayer la ví. Era casi la misma, con su nariz recta hasta la perfeccion y unos jeans rotos que me sorprendieron porque le quedaban menos flojitos que de costumbre. La invitación por Gmail decía “Venga a ver a la freak” y cuando apareció en la bandeja de entrada me propinó una veleidosa sonrisa en el alma. Casi me da rabia cómo se mete en mi ánimo. “Esta no es una amiga, pensé, es un amor ventoso.” Como amigos, hemos perdido lo que se llora en las graduaciones del bachillerato: el permiso. Hay un halo de perversa intimidad entre dos amigos que no necesitan pedirse permiso para llegar a la casa del otro a cualquier hora. Aquellos que no requieren una hoja sellada por triplicado para aventarse palomitas en una sala de cine o para hacerse reír hasta quedar enfermos del estómago. No hablo de sexo, ni de pasión, ni de un pueril crush en la otra persona. Sucede con dos o tres personas en tu vida. No más. Y la vida no se anda fijando si esta persona es hombre, mujer o quimera. El caso es que fui a la exposición. Tomé unas cervezas con mi amiga y su novio. Hablamos. Su novio la miraba con sus ojos de “te comprendo, tómate tu tiempo” y yo se lo agradecí como nunca. La noche hubiera sido perfecta de no habernos encontrado a la pobre alcohólica con la que solía acostarme. En fin, la alcohólica se fue, pero mi recuerdo de “mi Princess” realizando un último viaje a la playa hace exactamente cuatro años, ese empezó a doler.

***

Era julio. Nunca recuerdo las fechas de los días con un sólo dígito. Para mi es casi lo mismo dos que cuatro que siete que nueve. Pero era el mes de marzo y era 2004. El año nuevo me había pasado encima (tenía el corazón apenas detenido por un par de clavitos y un poco de plastilina epóxica) y en esa época lo único que me hacía feliz era oír música y ver películas en una VHS vieja con “mi Princess”. Un buen día me avisó que se iba a vivir a Palma y nos pusimos contentos porque ahora íbamos a ver las películas de los 60’s en un lugar paradisiaco y no húmedo como su cuarto. Así de bobos éramos. Le ayude con la mudanza. Fue durante las elecciones en las que Zapatero ganó. Un poco antes de tomar el camino al puerto, pasamos por la casa de lelque pronto pasaría al terreno de los exes. Era un tipo delgado, con ojos como de perrito de peluche. Era muy gracioso, pero era muy escandaloso y (como la mayoría de sus novios) ya empezaba a molestarse por mi amistad con ella. El perrito de peluche tendrá ahora sus años y me intriga saber por quién votó este año, pero esas elecciones, él había votado por Rajoy. Argumentaba el voto útil, la capacidad de Rajoy, su simpatía (sic) y su sinceridad (sic sic sickness). Ay perrito de peluche, cuántos conceptos habrás repensado en estos años. Después de dos o tres discusiones de supuestos adultos y supuestos pensantes, “mi Princess” se hizo a la mar. Ella me decia “pase lo que pase, este día es histórico”. Yo asentía, aunque no sé si nos referíamos a la misma clase de historicismo. Escuchamos en la radio que el PSOE había ganado: “Que guay, no mas PP”, me dijo. “Se terminaron muchas cosas, Princess. Muchas cosas cambiaran”. Me tomó de la mano que apagaba un cigarro y nos quedamos muy callados hasta llegar a nuestro destino.

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Ayer que nos despedíamos, mi adorada amiga me dijo:
“Tengo miedo, otra vez tengo miedo de lo que pase después”.
“Yo también, mi Princess. Yo también”.

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