Por razones que no vienen al caso, hoy me dio por pensar cuánto habían cambiado las cosas en los últimos años. Y llegué a una conclusión: los adolescentes de hoy en día tienen bastante fácil la interacción social con sus pares. Si quieren comunicarse con el novi@, un amig@ o quien sea; tienen la posibilidad de chatear, mandarle un sms, enviarle un correo electrónico, dejarle un mensaje en el facebook o en última instancia llamarle a su teléfono móvil.
En mis tiempos las cosas no eran así, uno se veía obligado a telefonear a las casas de la gente. Para alguien con mi personalidad fóbica y paranoide, esto se convertía en un suplicio, especialmente por culpa de “la maldita”.
Cuando se llamaba a la casa de la otra persona, podían suceder muchas cosas. Tu llamada podía ser contestada por personajes como el abuelo sordo que grita: ¿Ah? ¿Qué? ¿Con quién? ¿Policía? No, no, esta no es la Policía. ¡Ah Lucia! Sí, Lucia sí vive aquí. ¿De parte de quién? ¿Quién? ¿Maclobio? ¿Un microbio? ¿Un lobo? ¡Ah, su novio! Finalmente, luego de eternos minutos de alaridos, terminaba por decir que Lucia no estaba. Aún así, el anciano que no escucha no es nada comparado a “la maldita”.
“La maldita” solía estar en su casa todo el día, por lo que las posibilidades que fuese ella quien atendiera, eran bastante altas. Su tono de voz hacia pensar que se había tragado una caja de sedantes, por eso siempre daba la impresión que uno la había despertado (aunque fuesen las tres de la tarde).
El personaje en cuestión desde el primer momento demostraba con su voz medicamentosa, que le molesta en exceso contestar llamadas que no son para ella (a quien nadie llama nunca).
A diferencia del abuelo sordo, ella no tenía ningún problema auditivo, pero con la única intención de molestar, pedía que le repitas una y otra vez, la misma cosa: ¿Quién es? ¿Alberto? ¿Rigoberto? ¿El tuerto?; también se dedicaba a hacer preguntas que no vienen al caso, con su tonito odioso: ¿Con Lucia? ¿Tú estudias con ella? ¿No? ¿Dónde estudiaste? ¿Y, a que te dedicas? Ah... Mira Humberto (olvidando de nuevo el nombre), Lucia no está y no se a qué hora regresa.
–No, disculpe, pero no me llamo Humberto
–Huy, bueno es que tu nombre es poco común ¿por qué tus padres te pusieron así? ¿cómo se llaman ellos? ¿en qué trabajan? ¿y tus hermanos?
Después de cada respuesta, “la maldita” lanzaba un suspiro desaprobatorio, luego solía atacar nuevamente con otra pregunta, hasta que se aburría y decía que está muy ocupada. Cuando Lucia llegaba a la casa, ella le decía que lo llamó un tal Epifanio ¡y cómo habla ese Epifanio! ¡No me dejaba terminar de cocinar la comida!
Si se es lo suficientemente demente como para volver a llamar a la casa y por mala suerte “la maldita” respondía de nuevo (y Lucia seguía fuera), cuando hubiese regresado, ella le comentaría: Por ahí te llamó un Epifanio, ha estado llamando todo el santo día.
La única manera de garantizar que “la maldita” no va a decirle nada a Lucia, era cuando se le decía: Señora, por favor, dígale que me llame, es bastante urgente. Ella nunca dará el mensaje.
Por culpa de “la maldita”, de todas “las malditas”, muchos pasamos nuestra adolescencia llamando a las casas para colgar apenas oíamos su insoportable voz. Por culpa de “la maldita”, las Lucias del mundo dejaron de ser invitadas a las fiestas. Por culpa suya y sólo suya, sudamos frío tantas veces. Deben haber sido tantas las cosas que dejamos de decir y de hacer por culpa de “las malditas”...
Pero viéndolo bien, ahora es lo mismo, solo que en lugar de escuchar a “la maldita”, ahora te responde una voz sospechosamente agradable que te dice “el numero que usted marco no se encuentra disponible…”
En mis tiempos las cosas no eran así, uno se veía obligado a telefonear a las casas de la gente. Para alguien con mi personalidad fóbica y paranoide, esto se convertía en un suplicio, especialmente por culpa de “la maldita”.
Cuando se llamaba a la casa de la otra persona, podían suceder muchas cosas. Tu llamada podía ser contestada por personajes como el abuelo sordo que grita: ¿Ah? ¿Qué? ¿Con quién? ¿Policía? No, no, esta no es la Policía. ¡Ah Lucia! Sí, Lucia sí vive aquí. ¿De parte de quién? ¿Quién? ¿Maclobio? ¿Un microbio? ¿Un lobo? ¡Ah, su novio! Finalmente, luego de eternos minutos de alaridos, terminaba por decir que Lucia no estaba. Aún así, el anciano que no escucha no es nada comparado a “la maldita”.
“La maldita” solía estar en su casa todo el día, por lo que las posibilidades que fuese ella quien atendiera, eran bastante altas. Su tono de voz hacia pensar que se había tragado una caja de sedantes, por eso siempre daba la impresión que uno la había despertado (aunque fuesen las tres de la tarde).
El personaje en cuestión desde el primer momento demostraba con su voz medicamentosa, que le molesta en exceso contestar llamadas que no son para ella (a quien nadie llama nunca).
A diferencia del abuelo sordo, ella no tenía ningún problema auditivo, pero con la única intención de molestar, pedía que le repitas una y otra vez, la misma cosa: ¿Quién es? ¿Alberto? ¿Rigoberto? ¿El tuerto?; también se dedicaba a hacer preguntas que no vienen al caso, con su tonito odioso: ¿Con Lucia? ¿Tú estudias con ella? ¿No? ¿Dónde estudiaste? ¿Y, a que te dedicas? Ah... Mira Humberto (olvidando de nuevo el nombre), Lucia no está y no se a qué hora regresa.
–No, disculpe, pero no me llamo Humberto
–Huy, bueno es que tu nombre es poco común ¿por qué tus padres te pusieron así? ¿cómo se llaman ellos? ¿en qué trabajan? ¿y tus hermanos?
Después de cada respuesta, “la maldita” lanzaba un suspiro desaprobatorio, luego solía atacar nuevamente con otra pregunta, hasta que se aburría y decía que está muy ocupada. Cuando Lucia llegaba a la casa, ella le decía que lo llamó un tal Epifanio ¡y cómo habla ese Epifanio! ¡No me dejaba terminar de cocinar la comida!
Si se es lo suficientemente demente como para volver a llamar a la casa y por mala suerte “la maldita” respondía de nuevo (y Lucia seguía fuera), cuando hubiese regresado, ella le comentaría: Por ahí te llamó un Epifanio, ha estado llamando todo el santo día.
La única manera de garantizar que “la maldita” no va a decirle nada a Lucia, era cuando se le decía: Señora, por favor, dígale que me llame, es bastante urgente. Ella nunca dará el mensaje.
Por culpa de “la maldita”, de todas “las malditas”, muchos pasamos nuestra adolescencia llamando a las casas para colgar apenas oíamos su insoportable voz. Por culpa de “la maldita”, las Lucias del mundo dejaron de ser invitadas a las fiestas. Por culpa suya y sólo suya, sudamos frío tantas veces. Deben haber sido tantas las cosas que dejamos de decir y de hacer por culpa de “las malditas”...
Pero viéndolo bien, ahora es lo mismo, solo que en lugar de escuchar a “la maldita”, ahora te responde una voz sospechosamente agradable que te dice “el numero que usted marco no se encuentra disponible…”
1 comentario:
hahahahaha
cuantas veces le he deseado lo peor a la maldita. tienes mucha razon, antes era mas dificil.
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