domingo, 18 de enero de 2009

Oficina

Ella, sin decirle nada, se levantó de la mesa; tomó su bolso —con las iniciales del diseñador estampadas por toda la superficie; regalo suyo—; se detuvo para despreciarlo, le dio la espalda y caminó hacia la salida. Él la miró alejarse; su fragancia tardó más que ella en disolverse. No tendría efecto llamarla o detenerla. Miró su copa vacía y llamó al mesero; pidió un trago más y la cuenta.
Caminó por Madison Avenue hasta que le dolieron los zapatos y el frío le entumeció los labios. En una esquina despoblada pidió un taxi. El chofer era musulmán y hablaba un inglés incomprensible.
Llegó al hotel. Preguntó al concierge si ya había salido la señorita de la suite 14, una joven delgada, bonita, pelo oscuro. El concierge revisó, consultó con su asistente. Sí; hace no más de veinte minutos, con maletas.
En la suite —iluminada solo por el televisor—, se entretuvo viendo filmes para adultos hasta la madrugada. Finalmente le aburrió la combinatoria de posturas. La cama ahora le quedaba demasiado grande. Durmió abrazado a la almohada.
La mañana siguiente, en el desayuno, decidió volver a México. No tenía sentido seguir en Manhattan. Compraría los regalos —algún perfume para su esposa; libros de arte para su hija— y tomaría el avión de medio día. Llegaría por la noche; les daría una sorpresa. El problema vendría al día siguiente en la oficina, cuando volviera a verla.
Desde que ella se divorció había salido con todos los gerentes. Sólo faltaba él. Quizá el más esquivo, el más fiel a su esposa, el más incorruptible. Pero ella lo sedujo con su levedad. El lo permitió. Le simpatizaba ese humor despreocupado que su esposa no tenía. Era, también, quince años más joven. No mostraba las reticencias de su mujer. Era desinhibida y alocada. Se quedaba con él hasta tarde en la oficina. Platicando. Él hablaba de su mujer y de su hija. Ella lo escuchaba. Hace mucho que una mujer no lo escuchaba. Su esposa siempre estaba distraída con sus cursos de arte y sus exposiciones; su hija simplemente no lo entendía —pero las amaba; eran su hogar, su discreto refugio, su esperanza—. Un día, mientras él hablaba, la joven lo calló poniéndole el dedo índice en los labios; y él notó cómo los labios de ella resplandecían.
Él jamás pensó que no pudiera controlarlo. Cuando regresaba a casa, sentía que, por más que se había bañado en el motel, toda la piel le olía a ella y que su mujer iba a notarlo. Ya su esposa señalaba las veces que se quedaba como ausente, con la bebida en la mano, durante las reuniones con los matrimonios amigos. Por las noches, cuando la abrazaba, sentía un cuerpo extraño, duro, pudoroso, que lo repelía. Entonces pensaba en ella; y la necesitaba.
El viaje a Manhattan lo planearon de prisa y desnudos en el motel de siempre. El pretexto era la feria anual; contactar clientes. Sin embargo, en cuanto abordaron el avión, él sintió culpa. Intentó tranquilizarse besando a la joven. Hablando. Pero su conversación giraba en torno a las veces que había estado en Nueva York con su familia. Al principio, ella lo toleró. Después de dos días, ella decidió que era mejor separarse. No hubo escenas de llanto. Él no sabe si por falta de amor mutuo o por demasiado amor propio.
En todo eso piensa cuando abre la puerta de su casa. Quiere dejar atrás su aventura y ser el de siempre. Es casi media noche. Deja las maletas en el recibidor y sube con los libros de arte y el perfume en la mano. Su hija aún no ha llegado; deposita los libros sobre la cama intacta. Cruza el pasillo y abre la puerta del cuarto de su mujer, profundamente dormida con otro hombre.

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