martes, 19 de agosto de 2008

Instantes

A veces sucede que todo aquello que importaba deja de importar. Se desvanece de golpe el gran amor, la gran pasión, el trabajo arduo y nos encontramos sorprendidos, nos hallamos de pie o sentados o dentro de la cama o en medio de una oficina que antes familiar, ahora es desconocida, de una mujer que antes amada, ahora indiferente, de una pared antes memorizada, ahora poco interesante. Y el extrañamiento llega de golpe. Nos expulsa a otros lugares donde tenemos que encontrarnos. A veces nos volvemos de otro mundo en un abrir y cerrar de ojos.
Pero, afortunadamente, existe su opuesto. A veces cierro los ojos y al instante todo se despeja. Es tan solo un breve momento donde las cosas se ordenan en el silencio y siento que pierdo la proporción con lo que me rodea; y solo vale esa sensación primordial del pensamiento. Y el pensamiento, la idea, punza como un puñal nuevo, pero también se extiende, como el velo que cubre el rostro de una bailarina. Así, a veces pienso con los ojos cerrados y la razón incendia desde su origen de llama para ver en sí, el verdadero valor de las cosas. La medida exacta de un sentimiento, de una ilusión, de una caricia, la importancia de la distancia y del tiempo queda al fondo, con lo inanimado. No hay rumor. No hay ruido. Es un breve instante donde todo cambia de la oscuridad y silencio a la luz; deslumbra. Es un breve instante donde, aunque soy, no estas. Pero, aunque imagino, solo puedo caminar por las calles con un viento sin compasión, comprar un café y reconocer que ni la bebida tiene el mismo sabor, buscar un lugar en donde estar para leer o reposar los pensamientos y reconocer con enorme tristeza que no hay rincón tranquilo en esta cuidad. Subirte a la bicicleta para ir a tu trabajo, para llegar a una oficina de historias grises y gente más gris, aferrarte cada vez más a ella, creer en un ser que es devorado por la distancia y por sus calles mojadas. Ella dice que le reina la confusión y que quiere certezas. La vida es tener ganas de leerle un texto, llamarle casi con los párpados cerrados por el sueño y saber que esta ahí pero no te contestará, eso es la vida, la no-certeza, una lluvia, ruidos, asfaltos mojados, sabores que se recuerdan, abandonos, soledades que se contentan a sí mismas, amores sin certezas, lecturas a la nada.
Desde hace tiempo, siempre que escribo, existe el fantasma de ella. Llevaba meses teniendo el inconveniente de no existir más que como un fantasma que solo yo veía, pero en ese entonces eso no importaba, porque estaba invocándola, dándole forma, afinando mis sentidos para comunicarme. A ella empecé a escribirle. Por ella comenzó esta furia. Hablaba continuamente de ella —de manera velada, en clave a veces— y, cuando aparecía alguien que pudiera parecérsele, me conmocionaba. Pero pronto se desvanecía la ilusión: no era.
Una vez la vi en este mundo de mortales. O eso me pareció. Pasó como una tormenta tan veloz que no pude cerciorarme. Se deshizo en el aire: es posible que ni siquiera exista.
Un día voy a hallarla y será como un milagro: la veo abstraída, leyendo algo que escribí —para ella.

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