viernes 23 de enero de 2009

Susurro

Susúrrame así despacio,
que el soplo de tu aliento me recorra despacio
cada poro de la piel.
Háblame muy bajo,
cerca del oido izquierdo, más cerca del cuello
y déjame sentir como recorre esa sensación de placer por todo mi cuerpo.
Pasa las yemas de tus dedos sobre mi espalda,
bésame suavemente.
Respira con calma
y no dejes de mirar el iris de mis ojos,
déjame besarte como en mis sueños.
Susurra y hazlo despacio.

domingo 18 de enero de 2009

Oficina

Ella, sin decirle nada, se levantó de la mesa; tomó su bolso —con las iniciales del diseñador estampadas por toda la superficie; regalo suyo—; se detuvo para despreciarlo, le dio la espalda y caminó hacia la salida. Él la miró alejarse; su fragancia tardó más que ella en disolverse. No tendría efecto llamarla o detenerla. Miró su copa vacía y llamó al mesero; pidió un trago más y la cuenta.
Caminó por Madison Avenue hasta que le dolieron los zapatos y el frío le entumeció los labios. En una esquina despoblada pidió un taxi. El chofer era musulmán y hablaba un inglés incomprensible.
Llegó al hotel. Preguntó al concierge si ya había salido la señorita de la suite 14, una joven delgada, bonita, pelo oscuro. El concierge revisó, consultó con su asistente. Sí; hace no más de veinte minutos, con maletas.
En la suite —iluminada solo por el televisor—, se entretuvo viendo filmes para adultos hasta la madrugada. Finalmente le aburrió la combinatoria de posturas. La cama ahora le quedaba demasiado grande. Durmió abrazado a la almohada.
La mañana siguiente, en el desayuno, decidió volver a México. No tenía sentido seguir en Manhattan. Compraría los regalos —algún perfume para su esposa; libros de arte para su hija— y tomaría el avión de medio día. Llegaría por la noche; les daría una sorpresa. El problema vendría al día siguiente en la oficina, cuando volviera a verla.
Desde que ella se divorció había salido con todos los gerentes. Sólo faltaba él. Quizá el más esquivo, el más fiel a su esposa, el más incorruptible. Pero ella lo sedujo con su levedad. El lo permitió. Le simpatizaba ese humor despreocupado que su esposa no tenía. Era, también, quince años más joven. No mostraba las reticencias de su mujer. Era desinhibida y alocada. Se quedaba con él hasta tarde en la oficina. Platicando. Él hablaba de su mujer y de su hija. Ella lo escuchaba. Hace mucho que una mujer no lo escuchaba. Su esposa siempre estaba distraída con sus cursos de arte y sus exposiciones; su hija simplemente no lo entendía —pero las amaba; eran su hogar, su discreto refugio, su esperanza—. Un día, mientras él hablaba, la joven lo calló poniéndole el dedo índice en los labios; y él notó cómo los labios de ella resplandecían.
Él jamás pensó que no pudiera controlarlo. Cuando regresaba a casa, sentía que, por más que se había bañado en el motel, toda la piel le olía a ella y que su mujer iba a notarlo. Ya su esposa señalaba las veces que se quedaba como ausente, con la bebida en la mano, durante las reuniones con los matrimonios amigos. Por las noches, cuando la abrazaba, sentía un cuerpo extraño, duro, pudoroso, que lo repelía. Entonces pensaba en ella; y la necesitaba.
El viaje a Manhattan lo planearon de prisa y desnudos en el motel de siempre. El pretexto era la feria anual; contactar clientes. Sin embargo, en cuanto abordaron el avión, él sintió culpa. Intentó tranquilizarse besando a la joven. Hablando. Pero su conversación giraba en torno a las veces que había estado en Nueva York con su familia. Al principio, ella lo toleró. Después de dos días, ella decidió que era mejor separarse. No hubo escenas de llanto. Él no sabe si por falta de amor mutuo o por demasiado amor propio.
En todo eso piensa cuando abre la puerta de su casa. Quiere dejar atrás su aventura y ser el de siempre. Es casi media noche. Deja las maletas en el recibidor y sube con los libros de arte y el perfume en la mano. Su hija aún no ha llegado; deposita los libros sobre la cama intacta. Cruza el pasillo y abre la puerta del cuarto de su mujer, profundamente dormida con otro hombre.

martes 16 de diciembre de 2008

Proust VS Vanity Fair

Después de hacer el famosísimo cuestionario de Proust, y vagando un poco por la red llegue a un cuestionario no tan intenso, pero imagino que mas leído que el de mi querido escritor francés. La versión de hace un año del cuestionario de Vanity Fair (espero con ansia el de este año)
I trost yu ol spik inglish.......

What is your idea of perfect happiness? 
1. To live without fear.

What is your greatest fear? 
2. Not being able to do that what I love.

What is the trait you most deplore in yourself? 
3. Laziness.

What is the trait you most deplore in others? 
4. No humor.

Which living person do you most admire? 
5. W. Allen.

What is your greatest extravagance? 
6. Marc Jacobs designed band aids. Like the ones you put on when you cut your finger...

What is your current state of mind? 
7. Excited, restless.

What do you consider the most overrated virtue? 
8. Patience.

On what occasion do you lie? 
9. When buying expensive movies, books, dinners and drinks. I say to myself: Is not a waste of money. Is an investment, is for a good reason...

What do you most dislike about your appearance? 
10. My belly, but sometimes is my best quality.

Which living person do you most despise? 
11. Don't despise anyone in particular; it's a waste of energy. But sometimes I despite everyone.

What is the quality you most like in a man? 
12. Vulnerability.

What is the quality you most like in a woman? 
13. Femininity, elegance.

Which words or phrases do you most overuse? 
14. Erotic, curious.

What or who is the greatest love of your life? 
15. You.

When and where were you happiest? 
16. When made my first architectural project.

Which talent would you most like to have? 
17. To draw like Egon Schiele.

If you could change one thing about yourself, what would it be? 
18. I'd like to be more open, less nervous and less trustful.

What do you consider your greatest achievement? 
19. Not giving up.

If you were to die and come back as a person or a thing, what would it be? 
20. A wonderbra or Marcello Mastroianni.

Where would you most like to live? 
21. In the B612 asteroid.

What is your most treasured possession?
22. My eyes, not for the eyes themselves but for the ability to see. I think I've seen beautiful things and many more are coming.

What do you regard as the lowest depth of misery? 
23. Being simple minded and not knowing it.

What is your favorite occupation? 
24. Enjoying life.

What is your most marked characteristic? 
25. Shy and a little stupid.

What do you most value in your friends? 
26. Loyalty. Respect.

Who are your favorite writers? 
27. O. Paz, J. Rulfo, E.E. Cummings, O. Wilde, N. Ostrovsky, A. Nïn, V. Wolf, A. de Saint-Exupéry.

Who is your hero of fiction? 
28. Pavel Korchagin, Pip (from Great Expectations).

Which historical figure do you most identify with? 
29. H. Miller, P. Verlaine, el Santo.

Who are your heroes in real life? 
30. Everyone that fought for what they wanted... and got it.

What are your favorite names? 
31. Lucia, Ana, Eva.

What is it that you most dislike? 
32. Spiders. Driving.

What is your greatest regret? 
33. Not kissing her enough.

How would you like to die? 
34. Attacked by a jealous husband.

What is your motto? 
35. I forgive but I don't forget.
Do everything as serious as a child playing

Grupo

En la ciudad pakistaní de Thul, hace 45 años, nació Saleem Khan. De niño profetizó el advenimiento de “la enfermedad del vidente”. Se trata de un caso digno de resaltarse. La razón es que él mismo, ya desde entonces, practicaba las artes adivinatorias, normalmente en la modalidad del trance (caía repentinamente en estados catatónicos, explicados a detalle en la obra del estudioso belga Nakuvitz y hablaba en balbuceos que luego fueron identificados con la lengua de Mahr). Así, la enfermedad del vidente es una epidemia que “vendrá a confundir a los mortales”. Aparentemente la capacidad de ver el futuro se volverá masiva. El problema de esto es que anulará el futuro. Khan está recluído en el hospital psiquiátrico de Islamabad desde hace diecisiete años. Ha profetizado doce veces su muerte. En ninguna de ellas ha acertado. Él pertenece a un grupo que se hacen llamar “Los Unicos". Han decidido que las reglas de cortesía tradicionales son meras especulaciones y por lo tanto se han dedicado a transgredirlas consciente, serenamente. Son un grupo de 50 personas, más o menos: no todos toleran este régimen que atenta contra lo establecido. Sin embargo, hay un núcleo central, de unas 30 personas que se ha mantenido fiel a estos preceptos desde que este grupo inició sesiones bajo la supervisión del Dra. Luisa Martitz hace tres años. De entrada el saludo es ya notable: te besan en la boca, lengua y todo, y pueden tocarte los genitales y ofrecerte los suyos sin ningún recato. En seguida, te lanzan un insulto fuerte. No llevan ropa común o la llevan mal puesta: hombres vestidos de mujeres, mujeres envueltas en una toalla, señores de toga y corbata, señoras de carnes fláccidas en bikini. Eructan. Comen con las manos. Hacen sus necesidades encima del vecino. Llegan a los golpes a la menor provocación. Pero fuera de eso se sienten felices, sumamente felices.
Si hablas con ellos, la sorpresa es mayúscula: hay secretarios de estado, actrices famosas, directivos de empresas, filósofos, un bombero. Yo me uní al grupo para evitar el aburrimiento. El pabellón de enfermos mentales puede ser muy tedioso.

martes 25 de noviembre de 2008

¿Que mas?

Gasté mucho dinero en autos, alcohol y mujeres. El resto lo malgasté”
George Best (el quinto Beatle)


¿Que mas se le puede pedir a la vida?


End

Demasiado bueno para no postearlo.


A Girl Called Trouble from worldwentdown on Vimeo.

domingo 23 de noviembre de 2008

Teléfono

Por razones que no vienen al caso, hoy me dio por pensar cuánto habían cambiado las cosas en los últimos años. Y llegué a una conclusión: los adolescentes de hoy en día tienen bastante fácil la interacción social con sus pares. Si quieren comunicarse con el novi@, un amig@ o quien sea; tienen la posibilidad de chatear, mandarle un sms, enviarle un correo electrónico, dejarle un mensaje en el facebook o en última instancia llamarle a su teléfono móvil.
En mis tiempos las cosas no eran así, uno se veía obligado a telefonear a las casas de la gente. Para alguien con mi personalidad fóbica y paranoide, esto se convertía en un suplicio, especialmente por culpa de “la maldita”.
Cuando se llamaba a la casa de la otra persona, podían suceder muchas cosas. Tu llamada podía ser contestada por personajes como el abuelo sordo que grita: ¿Ah? ¿Qué? ¿Con quién? ¿Policía? No, no, esta no es la Policía. ¡Ah Lucia! Sí, Lucia sí vive aquí. ¿De parte de quién? ¿Quién? ¿Maclobio? ¿Un microbio? ¿Un lobo? ¡Ah, su novio! Finalmente, luego de eternos minutos de alaridos, terminaba por decir que Lucia no estaba. Aún así, el anciano que no escucha no es nada comparado a “la maldita”.
“La maldita” solía estar en su casa todo el día, por lo que las posibilidades que fuese ella quien atendiera, eran bastante altas. Su tono de voz hacia pensar que se había tragado una caja de sedantes, por eso siempre daba la impresión que uno la había despertado (aunque fuesen las tres de la tarde).
El personaje en cuestión desde el primer momento demostraba con su voz medicamentosa, que le molesta en exceso contestar llamadas que no son para ella (a quien nadie llama nunca).
A diferencia del abuelo sordo, ella no tenía ningún problema auditivo, pero con la única intención de molestar, pedía que le repitas una y otra vez, la misma cosa: ¿Quién es? ¿Alberto? ¿Rigoberto? ¿El tuerto?; también se dedicaba a hacer preguntas que no vienen al caso, con su tonito odioso: ¿Con Lucia? ¿Tú estudias con ella? ¿No? ¿Dónde estudiaste? ¿Y, a que te dedicas? Ah... Mira Humberto (olvidando de nuevo el nombre), Lucia no está y no se a qué hora regresa.
–No, disculpe, pero no me llamo Humberto
–Huy, bueno es que tu nombre es poco común ¿por qué tus padres te pusieron así? ¿cómo se llaman ellos? ¿en qué trabajan? ¿y tus hermanos?
Después de cada respuesta, “la maldita” lanzaba un suspiro desaprobatorio, luego solía atacar nuevamente con otra pregunta, hasta que se aburría y decía que está muy ocupada. Cuando Lucia llegaba a la casa, ella le decía que lo llamó un tal Epifanio ¡y cómo habla ese Epifanio! ¡No me dejaba terminar de cocinar la comida!
Si se es lo suficientemente demente como para volver a llamar a la casa y por mala suerte “la maldita” respondía de nuevo (y Lucia seguía fuera), cuando hubiese regresado, ella le comentaría: Por ahí te llamó un Epifanio, ha estado llamando todo el santo día.
La única manera de garantizar que “la maldita” no va a decirle nada a Lucia, era cuando se le decía: Señora, por favor, dígale que me llame, es bastante urgente. Ella nunca dará el mensaje.
Por culpa de “la maldita”, de todas “las malditas”, muchos pasamos nuestra adolescencia llamando a las casas para colgar apenas oíamos su insoportable voz. Por culpa de “la maldita”, las Lucias del mundo dejaron de ser invitadas a las fiestas. Por culpa suya y sólo suya, sudamos frío tantas veces. Deben haber sido tantas las cosas que dejamos de decir y de hacer por culpa de “las malditas”...
Pero viéndolo bien, ahora es lo mismo, solo que en lugar de escuchar a “la maldita”, ahora te responde una voz sospechosamente agradable que te dice “el numero que usted marco no se encuentra disponible…”